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Los comienzos

02/05/2018

No sabemos si hemos tenido suerte o desgracia, pero lo cierto es que hemos empezado nuestra andadura profesional en un estado de post-post crisis. En parte hacemos de ello una lectura optimista, puesto que nos permite dirigir la mirada de otra manera. No con desazón, como pueden orientarla aquellos que estuvieron en la cumbre de su carrera en el periodo pre crisis y que vivieron la crisis y la post crisis con desconfianza, sino con sensatez y la distancia adecuada; creemos, para no incurrir en los mismos errores y saber que es preciso tener la capacidad de ser rigurosas y comprometidas, algo que ningún arquitecto que quisiera incidir para bien en la sociedad debería haber perdido en este transcurso. 

Los arquitectos llevamos años intentando limpiar nuestra imagen para demostrar que no somos como dicen que somos. De cara a la sociedad de a pie es una disciplina denostada, en cierta manera con razón. Siempre nos ha parecido que el grueso del colectivo de arquitectos era corporativista y del peor tipo, y que de algún modo ha estado mirando hacia otro lado sin hacer una mínima autocrítica. Incluso que en determinados momentos ha ayudado a perpetuar el nuevorriquismo que poco o nada tenía que ver con la arquitectura. 

¿Entonces, qué pasa después del stop que tantos años ha durado en nuestro entorno a la hora de hacer ciudades, casas…? Parece que poco a poco la imagen se ha visto recuperada por los arquitectos que no construyen, que construyen poco o que entienden que hacer arquitectura es algo más que el mero hecho constructivo. Está muy bien, pero también son necesarios, y mucho, arquitectos que sí construyan. Y que lo hagan bien, abordando la situación desde la perspectiva de la arquitectura. 

Da la sensación, sin embargo, de que últimamente importa mucho más lo material en detrimento de lo espacial. Entendiéndolo así, cuando únicamente se atiende a la dualidad de lo que es bonito o feo, de lo que está de moda o es demodé y se le despoja de todas las cualidades que lo ligan íntimamente a lo espacial, perdemos las cualidades del material como actitud sensitiva: las texturas, el tacto, la percepción o el bienestar, alejándonos de su esencia.

Y todo ello es fácil de entender, por lo intangible que supone un gesto intelectual. Pero no debemos olvidar que los arquitectos estamos para permitir encontrar algo más allá de lo conocido o de lo que es costumbre, ser capaces de movernos en los límites de un marco teórico en el que que se sustente y favorezca el poder vivir distinto; trabajar un pensamiento previo intrínseco a la arquitectura, aquellas “ideas que eran independientes de la forma”, que decía Luis Moreno Mansilla y que leíamos a través de Emilio Tuñón en su homenaje El tiempo que se escapa entre los dedos, en la publicación Circo  tras la muerte inesperada de su amigo.

La arquitectura tiene que ser, y es, más que solo economía, más que solo construcción, más que solo materia… Es todo ello acompañado de un discurso, inherente a la arquitectura, que piensa en el bienestar, en la espacialidad, en el confort. 

Creemos que es posible construir este discurso (es más, se nos hace necesaria una arquitectura que reivindique el pensamiento) para hacer real el a veces cliché de que la arquitectura es más que construcción, que aporta cualidades añadidas  asociadas a determinados valores sociales y culturales pero que, a pesar del ejercicio conceptual que comporta, sigue dando respuestas a preguntas concretas. Estas preguntas concretas se traducen en nuestro modo de hacer en trabajar sobre una arquitectura de proximidad que permita pensar a pequeña escala y constatar que acciones concisas bien planteadas pueden aportar sustanciales mejoras. Trabajar desde el conocimiento que esta proximidad nos aporta posibilita actuar sobre el detalle para permitir establecer relaciones afectivas con el entorno que se está proyectando. 

Para Souto de Moura la arquitectura tiene que ver con la vida, no (sólo) con un diseño o una geometría, y su cometido es resolver un problema ligado a la realidad. Para Zumthor la fuerza de un buen proyecto arquitectónico aúna el sentimiento y la razón, un buen proyecto debe ser racional y sensorial. Hagamos caso de los que saben bien, en quienes nos reconocemos. Y recomencemos.